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El mal ojo de los intelectuales

Haciendo su aparición como colaboradora tenemos a Clau, desde la Perla Tapatía…

Todavía recuerdo cuando mi madre me llamaba la atención: “Claudia, no veas telenovelas, que son para gente ignorante”. “Te vas a volver tonta (sic) con tanta tele que ves”. Sin embargo, nací a finales de los 70, cuando la influencia de Televisa era propiamente… un absoluto. Y en este ámbito, desarrollé al cuidado de mi abuela, una pasión por la televisión, que se volvía culto al inicio de la transmisión de “la novela”; término acuñado gracias a una miniserie diseñada por Don Ernesto Alonso (quién más si no) por allá de los años 60 cuando desarrollaba unos mini-seriales, donde desarrollaba, efectivamente, novelas de autores famosos, representadas en televisión.

La cuestión es que, desde aquellos tiernos años, hasta el presente, el dedicarse a observar la televisión, y peor aún, las telenovelas, es considerado digamos, poco menos que indecente. La pregunta obligada es ¿por qué? Si un medio tan de confianza, tan de la familia, que ocupa en casa un lugar en la sala, el comedor o la recámara y que transmite historias tan reales, puede ser taaaan perverso.

Afortunadamente, personas más leídas (y que, tal vez, vieron menos televisión que yo) se apropiaron del tema y se dieron a la tarea de analizarlo. Uno de ellos, Jesús Martín Barbero, fue quién, en lo personal, me permitió ver que estudiar una maestría, para entender mi telenovela, no era una idea tan descabellada.

Martín Barbero y yo coincidimos, en el texto “El mal de ojo de los intelectuales”, publicado en la colección de Estudios de televisión, publicada por Gedisa, en que: “llevo años preguntándome, por qué los intelectuales y las ciencias sociales en América Latina siguen mayoritariamente padeciendo un pertinaz “mal de ojo” que les hace insensibles a los retos culturales que plantean los medios, insensibilidad que se intensifica hacia la televisión”

¿Por qué desconocer el importante lugar que tiene la televisión en la construcción o recreación de lugares que existen, quizá no de facto, pero que logran ser concebidos en el cotidiano de las personas, e incluso aceptados dentro de sus propios hogares, de sus conversaciones? ¿Qué nos ofende de la televisión para denominarla basura, y en qué fundamentamos a la “buena” programación?

No pretende este texto santificar a la televisión tampoco. La intención principal es reconocer que ella no es un monstruo, que no es su culpa que jóvenes estadounidenses maten a sus compañeros de escuela, pero que tampoco podemos negar a las miles de personas que dieron sus 40 puntos de audiencia al final de Destilando amor, y que existe una línea que debemos brincar para abordarla, conocerla y si no amarla, como diría Raúl Fuentes Navarro, tener nuestra dosis de telenovela, para que nadie nos cuente la historia “del lugar estratégico que la televisión ocupa en las dinámicas de la cultura cotidiana de las mayorías, en la transformación de las sensibilidades en los modos de construir imaginarios e identidades.”

Agradezco infinitamente este espacio libertario, donde los traumas estudiantiles pueden verse (teóricamente) fundamentados y expresados. A este respecto del análisis televisivo, invito cordialmente a los que se encuentren en esta ciudad de Guadalajara (y a los que no también), al 1er Curso Internacional OBITEL: “”Producción, recepción y observación de la ficción televisiva” que es un esfuerzo por conversar en un mismo espacio físico académicos y productores de televisión.

Una respuesta

  1. En lo personal creo que las telenovelas para personas sensibles no es muy aconsejable, pues se manejan temas algunas veces muy serios.
    Sin embargo creo que la televisión estimulo mucho de lo que soy ahora.

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